En el Nuevo Testamento, el anuncio del reino de Dios ( o "reino de los cielos") que "ha llegado" ya, constituye la proclama inicial y el centro del mensaje de Jesús. Es el reino que llega
con él y que él viene a establecer.
Es un reino que está presente ya, y en marcha o desarrollo, pero cuya consumación es futura. No es un reino temporal sino eterno, y no es nacional sino universal. No es un reino político, a manera de los reinos humanos, pero tampoco es un reino moral y espiritual en abstracto, y enteramente ultraterrestre.
El reino de Dios consiste en su soberanía. Dondequiera que se acepta su soberanía y se ajusta la vida a su voluntad, su reino ha empezado. Pero el reino de Dios no viene ni crece por el esfuerzo humano, sino por la gracia y el poder de Dios mismo. El hombre sólo puede, y eso por la acción de Dios en él, acatar su soberanía y ofrecerse para ser, en sus manos, su colaborador.
En la oración que el Señor enseñó, en las peticiones del Padre Nuestro: "Venga tu reino" y "Hágase tu voluntad en la tierra así como se hace en el cielo...", son equivalentes.
Fuente: Sociedades Bíblicas Unidas.
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